Universidad Maimónides: Escuela de Multimedia
20 Noviembre 2015

Un mundo de posibilidades

Por Enrique Avogadro

Subsecretario de Economía Creativa, Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires
Director del Centro Metropolitano de Diseño (CMD)

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En 2006 arrancó la Metropolitan Opera de Nueva York, y en 2009 hizo lo propio el Teatro Nacional del Reino Unido. La idea es simple y la ejecución, más aún: se trata de transmitir lo más destacado de la temporada en vivo y en HD simultáneamente -siempre que lo permitan los husos horarios-, en varias ciudades del mundo, dándole así la posibilidad al público local de ver casi de primera mano las producciones de estos dos popes culturales de una manera fácil, cercana y definitivamente más accesible para la gran mayoría, que la alternativa de viajar a Nueva York o Londres.

Con un par de años de experiencia y excelentes resultados, ambos son logrados ejemplos de cómo, a través de un uso inteligente y bien planteado de las nuevas tecnologías, dos artes escénicas clásicas como la ópera y el teatro lograron expandir sus audiencias, trascender fronteras e incrementar notablemente sus recaudaciones tomando la decisión de invertir en tecnología para poder, así, llevar sus puestas a auditorios de todo el mundo por una fracción minúscula del costo que implicaría plantear una gira global de semejante alcance.

Y es que más allá del inmenso valor cultural que conlleva el hecho de democratizar el acceso a este tipo de producciones artísticas, es también importante señalar que, cuando de números se trata, la balanza se inclina definitivamente hacia el lado de las ganancias: desde que inició su programa de transmisiones en vivo -que llegaron a Buenos Aires de la mano de la Fundación Beethoven-, las producciones difundidas a través de la iniciativa National Theatre Live fueron vistas por más de 3 millones y medio de personas y se difundieron en alrededor de 1100 auditorios en todo el mundo, a la par que, sólo entre 2013 y 2014, los ingresos generados por el programa de streaming pasaron de 2.4 millones de Libras Esterlinas a 6.7 millones.

En otro formato, pero en la misma línea, también es posible acceder online a los contenidos del Teatro Real de España, a través de su programa “Palco digital”, y ya existen en YouTube canales enteramente dedicados al teatro, como el de la plataforma www.digitaltheatre.com, por sumar sólo algunos casos más.

Mucho más cerca nuestro, en Argentina ya está funcionando la plataforma Teatrix, que se presenta como “una nueva forma de disfrutar el teatro” y ofrece, por un precio super accesible y en altísima calidad, grandes obras de la siempre activa cartelera local. Con casi 300 salas teatrales y más de 500 espacios culturales, Buenos Aires tiene material de sobra para generar un flujo constante de contenidos culturales accesibles desde cualquier lugar del mundo, y esto representa una oportunidad única tanto para nuestro talento local como para la ciudad en sí misma, ya que en en esta era de productos globalizados hay pocas cosas que sigan teniendo y generando tanto valor propio como las buenas historias, y más aún si están bien contadas y mejor ejecutadas.

De más está decir que estamos hablando de una cantidad prácticamente infinita de posibilidades que se abren, al punto tal que académicos y expertos del tema ya hablan de una suerte de “nuevo género en sí mismo” que, combinando lo mejor de la experiencia en vivo con filmaciones en altísima calidad y transmisiones satelitales, acaso represente un futuro factible y fructífero para las artes escénicas en el marco de la tan mentada nueva era de las comunicaciones.

No faltan, por supuesto, quienes discuten el verdadero valor de esta incipiente tendencia y sus posibles efectos negativos: como siempre que surge un nuevo dispositivo o un formato distinto para disfrutar de una experiencia, la resistencia se hace sentir desde los bastiones más tradicionales. En este caso, se pone en duda que teniendo la posibilidad de disfrutar una obra desde la comodidad de su casa, el público siga asistiendo a las salas. Por el contrario, está demostrado y se está demostrando, permanentemente, que este nuevo formato acerca a nuevas audiencias que no tienen adquirido el hábito de la sala e, incluso, funciona como una gran forma de difundir las producciones locales en otros países y, de esta forma, aumentar el potencial del turismo cultural.

La crítica, además, replica ecos de otras industrias, como las del cine y la música. Para el primer caso, tenemos a mano un ejemplo clarísimo y reciente de nuestro cine nacional: tal como señaló Daniel Burman en el último encuentro de Negocios y TV, que tuvo lugar en el Distrito Audiovisual de la Ciudad, en sus primeros 15 días en cartelera más de un millón de personas fueron efectivamente al cine a ver El Clan, una película que cuenta una historia archiconocida, de la que todo el mundo conoce el final y, sin embargo, resulta atractiva por una multitud de factores, acaso el más importante entre todos ellos el hecho de la experiencia misma de ver en pantalla grande un relato bien contado, bien ejecutado y altamente disfrutable desde la intimidad colectiva de la sala.

“Experiencia”, de hecho, es sin lugar a dudas la palabra clave en este contexto, y esto es algo que se sabe muy bien también en la industria de la música, que convive con el “fantasma” del streaming desde hace probablemente más tiempo que ninguna otra industria cultural y, sin embargo, hoy asiste en primera persona a un auge tanto de los espectáculos en vivo como de la multiplicidad de plataformas que ofrecen una nueva forma de seguir accediendo a los mismos contenidos que hasta hace un tiempo -que parece remoto pero no lo es tanto-, se consumían en un formato completamente distinto.

De todo lo anterior se desprenden, a esta altura, un par de conclusiones más o menos certeras; la primera es que, así como el Video no mató al Radio Star, tampoco el streaming llegó para eliminar del planeta a las experiencias en vivo, con toda su intimidad y su valor propio. La segunda, y tal vez la más importante, es que gracias a estos nuevos formatos se abre frente a nosotros un abanico de posibilidades que tienen como único límite la imaginación de todos los actores involucrados en el desarrollo de las industrias culturales a nivel ya no sólo local, sino verdaderamente global.

Productores, gestores, curadores, artistas, emprendedores del sector y gobiernos cuentan hoy en día con herramientas poderosas y todo terreno para seguir creciendo y conquistando nuevos públicos y horizontes, porque así como podemos importar y exportar contenidos locales a todas partes del país y del mundo, también podemos pensar en potenciar esos productos artísticos pensando en plataformas que aprovechen las nuevas tecnologías en todas sus dimensiones: imaginemos un festival de cine latinoamericano que ocurra en simultáneo en varias ciudades de nuestra región y se pueda ver al mismo tiempo en Helsinki, Moscú y Tokio o, por qué no, un gran evento online en el que confluyan, por ejemplo, todas las puestas de obras de Samuel Beckett que hoy ya ocurren en varias semanas dedicadas al gran autor irlandés en distintas partes del mundo.

Incluso encuentros como este que nos convoca pueden, hoy, interactuar con otros eventos similares en distintos puntos del planeta para poder, así, potenciar los contenidos propios y enriquecerse con los ajenos generando, a la par, una fuerte identidad local que contribuya a posicionar a Buenos Aires como un polo de innovación y nuevas tendencias que, en la vida real -u offline-, también atraiga talento y un tipo distinto de visitantes, que se sumen a los miles de turistas que ya nos visitan cada año atraídos por el encanto arquitectónico, gastronómico y social de nuestra ciudad.

En un universo en el que -pasajes baratos y TripAdvisor mediante-, el turismo global también está en permanente cambio, tener la posibilidad de posicionarse como un destino cultural y creativo es, más que una ventaja, un verdadero lujo. Ya tenemos lo más importante, que es la increíble materia prima que proporciona nuestro talento local: sin dudas, las posibilidades infinitas que se abren de la mano de las nuevas tecnologías y los nuevos formatos representan una oportunidad única que no podemos dejar de aprovechar.

 

Este artículo fue publicado en el libro
Artmedia 15 años
Editorial Científica y Literaria de la Universidad Maimónides
1ra edición, noviembre 2015