Universidad Maimónides: Escuela de Multimedia
20 Noviembre, 2015

Un futuro de novela

Por Daniel Wolkowicz

Coordinador Académico de la Licenciatura en Tecnología Multimedial, Universidad Maimónides. Profesor titular de Diseño Gráfco en la Universidad de Buenos Aires.

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Mucho se ha escrito sobre el futuro de la relación entre la tecnología, el diseño y sus afectaciones sociales, sin embargo, casi siempre las previsiones hechas por los sociólogos, los diseñadores y hasta los tecnólogos han quedado cortas y las mutaciones, en esta imbricada trama, nos sorprenden día a día.

Quizás, quienes han tenido una visión más precisa de lo que iba a suceder fueron los novelistas, los escritores de fcción, el cine y los niños, sin ser literatos.

Cuanto más embebidos de futuro, menos capacidad predictiva tenemos.

Desde Julio Verne a Ray Bradbury, de Borges a Carl Sagan, se han hecho realidad imaginarios alternos que hoy vivimos como presente. Rosa Montero, querida amiga y brillante novelista y periodista, posiciona su última novela, “El peso del corazón”, en el año 2109, un texto brillante de intrincada trama que transitando lo que hoy damos por fcción, plantea una sociedad casi extinta por los desastres ambientales que supimos producir, una generación de clones al estilo de los replicantes de Blade Runner y visitantes extraterrestres, que son discriminados por sus apariencias y costumbres. En decir, todo lo que puede suceder como evolución y desarrollo tecnológico, no cambia la esencia del ser humano.

Es probable que así sea y que todo lo esperable del futuro de la tecnología y el diseño no sea más que un proceso de aceleración hacia una destrucción social, que polarice aún más al género humano, que distancie las clases sociales y que encuentre conviviendo lo mejor y lo peor sin solución de continuidad.

Pero se supone que este texto debería plantear una visión más optimista, obviar los confictos internacionales, las guerras teledirigidas, las masacres en África y Oriente, el abandono de Latinoamérica o incluso minimizar el hambre en el mundo, considerando que disponemos de tecnología para alimentar a tres planetas como el nuestro.

Sin embargo, analicemos lo sucedido en los últimos años: Desde el inicio del siglo XXI, fecha esperada por todos como punto de infexión y bisagra de la historia, en pocos años hemos logrado establecer el concepto de redes sociales, conocimiento ubicuo, interactividad, experiencia de usuario, clonación de órganos, fertilizaciones de todo tipo -in vitro o transgénicas-, acceso a todo los saberes acumulados en un abrir y cerrar de ojos, realidad aumentada, sensorización de la percepción; todo esto a partir de una sofsticada parafernalia de dispositivos cada vez de menor costo y tamaño. Entonces ¿qué es lo que vendrá, qué novedad nos propondrá el mercado como anzuelo de consumo
y, sobre todo, que signifcará en nuestras vidas como modifcadoras sociales?

El petróleo dejará de ser un bien valorado y las energías alternativas darán luz y movimiento a todo, subirá la cotización del agua potable en las bolsas internacionales y la virtualidad trabajará sobre todos los sentidos, las imágenes no sólo se verán, sino que olerán, las podremos degustar, sentir sus texturas y volumetrías, manipular a voluntad y a los cinco sentidos se los establecerá en seis, donde la emocionalidad sumará un factor decisivo, como la cuarta dimensión en las teorías de Einstein.

En los fnales del siglo XX y a principios de este siglo, se difundió un concepto -aparentemente innovador- al que se llamó “diseño para la gente”, casi una actitud reveladora donde unos pocos podían decidir cómo, para qué y de qué forma se debían comportar las sociedades; hoy se revela como obsoleto y se impone el concepto de diseñar con la gente, una premisa sustancialmente diferente, donde todos somos actores, partícipes activos del cambio, somos decisores y usuarios, intérpretes y espectadores.

¿Cómo medir las posibilidades de futuro social cuando las sociedades son las que determinan y no los líderes de opinión o las grandes corporaciones, que hoy trascienden a los países de origen?

¿Cómo lidiar entre la dicotomía del Neandertal y el Homo videns o más allá el hombre multimediatico que conviven dentro nuestro?

Por supuesto, no hay respuesta. La historia se ha ocupado de demostrar que nadie tiene la capacidad de predecir el futuro, sólo generar acciones que impliquen futuro, es decir pequeñas señales, volátiles índices que van construyendo un futuro cada veinticuatro horas, no mucho más allá.

Todo futuro es una mirada hacia atrás que nos reposiciona al hoy

Volviendo a las fuentes; el cine supo proponer futuros posibles, Metrópolis (1927) de Fritz Lang, puso en escena una sociedad donde la tecnología generaba el primer robot humanoide, mujer en este caso, y casi cien años después la ciencia robótica -a duras penas- puede poner un ejemplar casi primate, con muy pocas habilidades físicas a pesar de contar con los procesadores más sofsticados.

Podemos poner una nave en Marte, pero aún no podemos hacer que un robot suba y baje escaleras con fuidez o que juegue algún deporte.

Otra alegoría cinematográfca es una de las escenas de Terminator I: la protagonista, frente a lo que ya sabe que irremediablemente sucederá, el apocalipsis producto de la guerra entre humanos y las máquinas, escribe sobre una mesa de madera: “no hay futuro”.

Pareciera que la ambición más grande de la ciencia y la tecnología es replicarnos a nosotros mismos, miles de millones de dólares y años de trabajo para lo que una madre gesta en nueve meses.

Sin embargo, no todo está perdido, en tiempos de sustentabilidad, conciencia ecológica y cuidado del medio ambiente, es posible que el diseño y la tecnología jueguen un rol decisivo.

Nunca en la historia de la humanidad pudimos tener el nivel de comunicación global, acceso infnito al conocimiento y expansión de los modelos de representación audiovisuales. Sólo Leonardo Da Vinci pudo imaginar que en algún momento, clavando una estaca en la tierra, podríamos comunicarnos con cualquier habitante del planeta: o sea, había inventado Internet quinientos años antes.

Es cierto que hemos fetichizado la tecnología y sus productos, en cualquiera de los ámbitos donde opera, y más aún si ella viene acompañada de diseño, que le da un valor agregado en la cadena del capital; pero también es allí es donde surge la madre de todos los males, no es el hecho tecnológico ni el de diseño, sino a los intereses que responden.

No son las armas las que matan sino quienes las usan, los estados que las promueven y las fortunas que determinan las acciones para su uso; miles de proyectos de investigación son fomentados anualmente para benefcio de unos pocos y en nombre de la tecnología y el diseño se cometen fatalidades irreparables. Cuando se extrae de una sociedad todo lo posible de extraer, la sociedad se seca y es un mal irreparable.

¿Por qué me he puesto tan apocalíptico y no tan integrado en este texto? Quizás porque si para muestra basta un botón, estos quince años del siglo XXI nos han dejado un saldo demasiado positivo en términos de humanidad. Es difícil pensar un futuro promisorio cuando los poderes políticos y económicos no han hecho más que malversar lo que imaginábamos para nuestros nietos. No solo el avance se ha acelerado, también corre a velocidad del vértigo el deterioro planetario y la condición de calidad de vida de la mayoría de la humanidad.

Este no es un texto pesimista, es más bien realista, caben algunas pocas preguntas para hacer.

Personalización y colectivización
En este nuevo paradigma, la tecnología no sólo genera afectaciones sociales, sino que a partir de lo que genera como impacto social, lo analiza y lo corrige. Cuando se llegó al máximo de socialización de la información se creó el modelo de customización, ya no importa que todos accedan a todo, sino que en ese pico de colectivización se decidió que la impronta innovadora sería la personalización. Cada uno recibe y accede a lo que el sistema intuye que lo caracteriza: suma todas las visitas de páginas web, sus compras de tarjeta de crédito, su frecuencia de usuario, sus perfles de Facebook, Linkedin, etc., y establece el individuo “único” al que se le ofrecerán sólo lo que se presume su deseo.

Si usted recibió este libro seguramente le interese este otro, si viajó por crucero a Brasil, le va a encantar repetirlo por las islas griegas.

Usted es un código en nuestra base de datos, sabemos todo sobre usted, tenemos el control de la información y por eso lo moldearemos a nuestras necesidades comerciales.

La innovación será el único valor agregado del siglo XXI

Realidad aumentada, interacciones múltiples, percepciones alternas, juegos inmersivos, consumo intangible, modelos educativos a medida, ofcios que nunca existieron, ofcios que dejan de existir, ofcios que existieron siempre y hoy solo funcionan en la virtualidad. Características de un mundo en cambio constante y exponencial.

La humanidad no puede quedar indemne en este modelo, si bien el nivel de cambio que se produce en la gente difere de humano a humano, contexto a contexto, es inevitable mirar hacia atrás 10 años y procurar entender los cambios actitudinales, funcionales, comerciales e intelectuales que se han producido, sin establecer juicio de valor, sólo considerando lo sucedido.

Conclusiones inconclusas

El aceleramiento de los procesos evolutivos de las tecnologías y sus aplicaciones masivas en el contexto global atraviesa todas las áreas del pensamiento y de la acción, desde la mejora y optimización de riegos y cosechas, manipulación transgénica, predicción meteorológica, cura de enfermedades, acceso a la educación, armas más sofsticadas, medicamentos y tóxicos, lo bueno y lo malo no está en la tecnología sino en su decisión de aplicación.

No sirve demonizar a la tecnología, pero sí estar atento al sinnúmero de afectaciones que casi, imperceptiblemente, va modifcando hábitos y costumbres sociales.

El proceso es irreversible, algunos teóricos que analizaron la evolución del progreso humano y determinaron que la curva de crecimiento exponencial no podía seguir en forma indeterminada previendo que en algún momento descendería, como la caída de los imperios en la historia de la humani dad. Este momento aún no ha llegado y por
lo visto todo hace suponer que deberemos seguir este proceso mutante donde la sorpresa nos sigue invadiendo y el consumo nos sigue seduciendo.
Es esperable que el nivel de afectación, para bien o para mal, siga evolucionando -por lo menos por unas décadas más- si es que somos capaces de lidiar entre los beneficios y los perjuicios con criterios humanistas.