Universidad Maimónides: Escuela de Multimedia
20 Noviembre, 2015

Recuerdos del futuro

Por Graciela Taquini

Miembro de número de la Academia Nacional de Bellas Artes
Profesora Consulta Honoraria de la Licenciatura en Tecnología Multimedial, Universidad Maimónides

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Encontré una foto mía. En la imagen, estoy en el balcón de mi casa natal mirando al espectador, tal vez a los cuatro años. Es impensable imaginar que esa niña, alguna vez, se preguntó sobre su porvenir. La vida ha dado sorpresas. De ninguna manera en lo personal, siento que construí mi futuro o que lo controlé alguna vez, o que lo controlo actualmente.

El recuerdo más antiguo que tengo respecto a mi línea de tiempo, es que, de grande, iba a poder a tocar literalmente el cielo que era una especie de cúpula de cobalto, sólida y alcanzable.

Sin embargo, el futuro es inasible. Ahora bien, la reflexión sobre el futuro o la imaginación sobre el futuro es otra cosa. Desde la Revolución Industrial ha existido un imaginario sobre un futuro tecnológico en la literatura y fundamentalmente en el cine, instituyendo visiones negativas y positivas. Por ejemplo, lo distópico está muy claro en la novela 1984, de George Orwell, un escritor que, seguramente, no supuso que su “Gran Hermano” se iba a convertir en un reality show mediático. En cambio, el artista plástico Gyula Kosice, con su obra de 1960 – Ciudad Hidroespacial, encontró una posibilidad optimista de supervivencia para los seres humanos en peligro.

Otra obra emblemática es el film Metrópolis (1927), de Fritz Lang. Además de su impresionante y maligno robot mujer, en el final concibe una reconciliación de clases un tanto forzada y opuesta a la lucha marxista. La ciencia ficción literaria, cinematográfica o televisiva ha impuesto una visión del futuro tan rica y anticipatoria como la de las cosmogonías de las grandes religiones de Oriente y Occidente. La serie Viaje a las Estrellas -que se emitió por primera vez en 1966- presenta un dechado de tecnología imaginaria que se adelantó a la historia para deleite de sus miles de admiradores. En los diversos capítulos de la serie se pueden ver dispositivos o medios tecnológicos innovadores para la época. Más tarde, varios de ellos se convirtieron en realidad, incluso de forma masiva: las pantallas táctiles, inventadas en 1971, los tableros de datos similares a las actuales tablets o la transferencia de datos de una computadora a otra sin cables, que empezó a utilizarse cuatro años después del estreno de la serie, e incluso los intercomunicadores con sistema manos libres. De hecho, el intercomunicador que usan los personajes para comunicarse con la nave Enterprise es el modelo de los actuales teléfonos móviles.

Me ha interesado siempre el tema de los visionarios, de aquellos que prefiguraron cosas por venir, como Leonardo da Vinci y sus máquinas de volar. O en el siglo pasado, Jorge Luis Borges con el Jardín de los Senderos que se Bifurcan (1941) o en Funes el memorioso (1944) que se anticipó a Internet tal como lo reflexiono en mi artículo Transborges, en el Cuaderno 27 del Centro de Estudios en Diseño y Comunicación de la Universidad de Palermo. Más tarde, el pionero y padre del video arte, Nam June Paik, también se anticipó a la web en su obra Electronic Superhigh way, de 1976.

Mariano Sardon, director de la carrera de grado de Artes Electrónicas de la Universidad Nacional Tres de Febrero (UNTREF) relata que en un trabajo que hicieron en 2014 para el Museo de Arte y Ciencia de la UNTREF, en Tecnopolis, le preguntaron a la gente -en dicha oportunidad, a miles de personas-, acerca del pasado, el presente y el futuro; sin segmentar por edad o por género. Se comprobó que las personas hablaban de cosas más humanas cuando pensaban en el tiempo, su tiempo. Aquello vinculado a lo vital, los nacimientos, las muertes, los afectos, lo que se esperan encontrar; etc. Según Sardon estas respuestas no estaban asociadas a ideas abstractas; muy lejos de su percepción, estaban la ciencia, la tecnología o el arte. El futuro entonces se concibe a partir de lo vivido para evitar que se convierta inmediatamente en pasado. Cuando como docente se proponía pensar un sonido, algo artístico o una tecnología del futuro, los pensaría en relación a propuestas basadas en experiencias de vida. Porque somos, inevitablemente, el ahora, amasado con nuestro pasado.

Otra experiencia que realizaron fue pedirle al público que dibujara con círculos el presente, el pasado y el futuro. El noventa por ciento de las personas dibujaron el pasado a la izquierda, el presente en el centro y el futuro a la derecha. Algunos pocos dibujaron el presente junto con el pasado y el futuro adentro, o el presente dentro del pasado y el futuro lejos. También los tamaños de los círculos variaron: hubo futuros pequeños, presentes enormes, pasados que se intercalaban en el presente. Por lo general, las personas ubicamos el futuro adelante nuestro, frente a nosotros. El pasado atrás, es lo que dejamos y lo otro, indefectiblemente, es lo que está por venir. Sardon agrega que hay una cultura que piensa esto al revés, se trata de una cultura de la visión, pues el futuro está a espaldas, el pasado está enfrente. Porque lo único que vemos/ hemos visto… es el pasado. Y el futuro es lo invisible, lo que no vemos, desconocemos, por eso se lo ubica a nuestras espaldas. Es como si camináramos para atrás.

Estas experiencias que nos relata Mariano Sardón van en dirección a cuestionar la idea de progreso en la ciencia y las artes. En realidad esta idea ha sido desechada por la de evolución.

Si pensáramos que nuestros objetos culturales fueran apiñamientos de tiempos con otros objetos, la tecnología cobraría otro sentido y las ideas también.

El futuro tiene entre sus problemas como conservar el pasado sobre todo en su superabundancia, la crisis de los archivos implica que para salvarlos se tienen que pensar en proyectos de largo aliento y no en políticas culturales exitistas. Otro punto para reflexionar es el de la obsolescencia de los dispositivos y plataformas tecnológicas que ponen en jaque lo digital como solución y eternidad. Nada más viejo que el diario de ayer. O Brasilia, Epcot, o la ciudad de las Artes en Valencia huelen a rancio. De eso nos advierte Vinton Ceft, el padre de Internet, que augura una edad oscura digital.

Lo inquietante es que lo infinito no es eterno.

 

Este artículo fue publicado en el libro
Artmedia 15 años
Editorial Científica y Literaria de la Universidad Maimónides
1ra edición, noviembre 2015