Universidad Maimónides: Escuela de Multimedia
20 Noviembre, 2015

El futuro de la Multimedia – Echando una mirada a la tinta roja en la fuente de agua

Por María Ledesma

Doctora en Diseño y Comunicación.
Profesora de grado en la Universidad Maimónides, Universidad de Buenos
Aires, Universidad Nacional de Entre Ríos; Posgrado en universidades
nacionales y extranjeras.

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El título de este artículo está inspirado en la analogía con que Neil Postman ilustraba el concepto de  ecología de los medios. Para explicar que el cambio tecnológico no es aditivo, sino ecológico, Postman (1998) decía que si dejamos caer una gota de tintura roja en un recipiente con agua, la gota se disuelve en todo el líquido, coloreando cada una de las moléculas.

Claro que Postman no se refería a esta época; la suya era la época del televisor y su punto de observación, las profundas modificaciones que provocaba la irrupción de la pantalla en el living de las casas: desde las campañas presidenciales hasta las maneras de vender, el mundo era otro.

Medio siglo después, en la era de la digitalidad, muchas son las notas que describen el movimiento de las moléculas del agua al teñirse con la tinta roja: la convergencia de medios, la portabilidad, la transmedialidad, la translocalidad o la multiplicación de la velocidad son sólo algunos de los puntos que han cambiado nuestro modo de vivir.

Evidentemente estos aspectos exigen modos y categorías de análisis que apenas comienzan a vislumbrarse. Pero el problema es que el agua no se queda quieta, continúa agitándose y mientras se agita, más y más gotas caen en la fuente.

El cambio continúo hace envejecer conceptos e ideas. Allá en el principio, por ejemplo, Tony Feldman escribía que la multimedia se trataba de una ‘integración sin fisuras de datos, textos, imágenes de todo tipo y sonido en un único entorno digital de información’ (Feldman, 1994: 4). No caben dudas de que la definición que ayudó a clarificar un concepto confuso (¿se acuerdan de aquellas discusiones sobre el carácter multimedial de teatro, por ejemplo?) hoy se ha vuelto insuficiente: los ‘entornos digitales de información’ no dejan de darnos sorpresas.

Así, a lo largo de estos cortos pero multifacéticos años, los analistas han centrado su atención en distintos aspectos, pensando definiciones o creando metáforas para explicar los nuevos aspectos implicados. En 1971 Don Hoefler apodó Silicon Valley a la zona de producción tecnológica californiana y con ello dio a luz una metáfora en línea –nada más ni nada menos- que con la edad de los metales: nacía la era del silicio, la era del semiconductor por excelencia que ha permitido la era de la información.

Sin embargo su duración ha sido más que breve; el ritmo de innovación tecnológica es tan acelerado que ya sabemos que el silicio tiene un límite  para la generación de los microprocesadores requeridos; así está naciendo una nueva era de microprocesadores que aprovechan  las propiedades y aplicaciones del grafeno  y el siliceno como sustitutos del silicio. Pareciera que con estos materiales tendremos baterías de alta densidad energética y tabletas flexibles y transparentes, escáneres médicos mejoradísimos, comunicaciones de altísima velocidad y displays e iluminación LED orgánica.

No sé si lo que voy a escribir tiene el carácter de anticipación o sólo es una expresión de deseos pero siento una especie de vértigo, miedo a confundirme con mis propios fantasmas, mientras trato de imaginar cómo serán esos ambientes creados por materiales que superan las ‘limitaciones’ del silicio… Sin embargo, mi intención al referirme a la era del silicio apuntaba a mostrar lo poco que había durado la metáfora con la que se pretendía describir la época: ¡apenas 50 años frente a los 5000 de la edad de los metales!

Pequeña prueba de lo difícil que es imaginar un escenario futuro aunque no se trata de nada que ya no esté pensándose en los Lab y Media Lab. De modo que  velocidad acelerada, flexibilidad y transparencia serán algunas de las nuevas características que desafiarán la creatividad del especialista en multimedia.

Otra metáfora usada para describir la época es el de ‘pantalla ubicua’. Fue acuñada en 1998 por Diego Levis (2002) en alusión a la denominación de ‘computación ubicua’, planteada por Weiser diez años antes. Para Levis, la metáfora era una variable que le permitía analizar las repercusiones sociales, culturales y políticas de la presencia y uso de los dispositivos informáticos en el marco de las tecnoculturas contemporáneas.

Desde inicios de siglo hasta ahora, hemos multiplicado las pantallas, tanto que Carlos Igarza (2015), aludiendo a las pieles de leds que cubren los edificios en las ciudades y que, con valencias positivas y negativas, desplazan el contacto perceptual del muro a la pantalla, asegura que estamos en la era de la quinta pantalla. Sean cuatro o sean cinco, puede decirse entonces, siguiendo a Levis que la presencia ubicua de la pantalla electrónica es uno de los rasgos característicos de la sociedad contemporánea, media nuestra relación con el mundo y con nuestros semejantes, determinando de manera creciente nuestra experiencia vital y nuestra percepción de la realidad (2002).

Esa pantalla está en el teléfono, en la computadora, detrás de mí, en la cámara del médico que opera presencialmente o a través de un robot; está en el frente de la heladera para indicar qué falta comprar, en los GPS de los automóviles, señalando el camino. Más todavía: está en las tantas horas que pasamos mirando películas, programas de televisión, videos en You Tube, fotos en Instagram, jugando video juegos, etc, etc y más etc.

Sin embargo, a la par, hay una búsqueda febril para liberarse de la pantalla o, por lo menos, correrla del centro de la percepción.   La virtualidad embebida en las cosas, es uno de los frentes en los que se está pensando en cómo trascender la limitación de la pantalla. Experiencias como las de Google Glass o Docomo o los trabajos de Takuji Narumi en los que combina realidad aumentada con dispositivos analógicos (cambia el sabor de las galletas de vainilla con códigos QR y mangueras que rocían la nariz con el aroma de la galleta seleccionada)  avanzan en ese sentido.

Pensar en una multimedia más allá de la pantalla tiene consecuencias importantes: significa avanzar en la multisensorialidad hasta límites poco explorados. En esta línea, se abren dos caminos: o bien, apostar al desarrollo de experiencias donde lo que se transforme sea sólo la percepción y el mundo físico quede inalterado o bien a desarrollos de productos en los que se produzcan una intervención en el mundo físico.

Estas dos posibilidades deslumbran por su complejidad, sobre todo si no olvidamos (si recordamos otra vez y otra vez) que la Multimedia se incluye tanto en el trío Bio-Nano-Cogno como en las Tics. De hecho, las NBIC (nanotecnología, biotecnología, cognotecnología y tecnologías de la información y la comunicación) funcionan juntos y podemos encontrarlas en numerosos ejemplos concretos desde el área de la salud donde se generan biosensores y técnicas de diagnóstico con herramientas nano y bio apoyadas por la tecnología de la información hasta la esfera del arte, lugar en el que se han asentado desde las experiencias de Eduardo Kac en 1999 borrando las distancias entre Ciencia y Arte y abriendo las puertas hacia la ‘cuarta cultura’.

No quisiera cerrar este artículo sin aludir a otra caracterización de la época. Cosette Castro ha hablado de ‘estado de puente’. A diferencia de las anteriores, no alude a la tecnología ni a las interfaces que posibilitan la interacción con ellas sino a la relación de los sujetos humanos con las tecnologías digitales y sus interfases. Lo que sencillamente dice es que, en este momento, estamos cruzando el puente entre el mundo analógico y el mundo digital.

Me resulta una metáfora interesante porque apunta a ver con qué instrumentos teóricos contamos para atravesar el puente. Estamos en el medio del camino y aún miramos perplejos lo que está sucediendo. Basta mirar la serie Black Mirror para darnos cuenta de esa perplejidad: ninguno de sus capítulos, tan prometedores, puede salir de la tecnoparanoia, sentimiento bastante nocivo, bastante recurrente y sobre todo, bastante poco propicio para comprender el mundo que estamos viviendo. Ya lo vienen diciendo Simondon y Latour entre otros: no es con esos parámetros con los que vamos a entender nuestra época; apenas son fuegos de artificios que recuerdan los pavos quemados con electricidad allá, a fines del siglo XIX.

El puente se cruza a diferentes ritmos; en esos ritmos son muchos los factores que intervienen y se necesitan nuevas estrategias para caracterizar el momento y sus proyecciones.

Al respecto, cuestiono la división entre ‘nativos’ e ‘inmigrantes digitales’ porque es una falacia que oculta la profunda desigualdad entre los modos de acceso a la digitalidad de los diferentes sujetos sociales (no es lo mismo tener o no tener banda ancha, por ejemplo) y de los diferentes países. De manera más clara, Pippa Norris diferencia tres modos de distanciamiento respecto de la digitalidad: la brecha global –entre distintos países-, la brecha social –al interior de un país- y la brecha democrática –referida a quienes participan o no en los asuntos públicos en línea (Rodríguez Gallardo, 2006).

Reflexiono sobre la segunda: las diferencias con Europa y Estados Unidos son notables y se expresan –como resultados de un entretejido de factores que todos conocemos- en una brecha enorme en la actividad investigativa. Olvidar que vivimos en Latinoamérica es olvidar sus ritmos y sus lugares de desarrollo y lo que es peor, es resignarnos a ser espectadores y consumidores con poco lugar en la producción.

En la medida que no se generen pronto procesos para hacer menos fuerte la divisoria digital con Europa y Estados Unidos, seguramente  que, como ya ha ocurrido, se seguirán imponiendo modelos y dinámicas que propicien el encantamiento acrítico y la imitación forzada.

Es aquí donde creo que podemos volver a pensar en la ecología de los medios con la que comencé el artículo. Decía McLuhan que la aparición de un nuevo medio genera en los otros ‘estrategias de adaptación’. Tomo la idea pensando en nosotros, los productores. Tenemos dos opciones para adaptarnos: desarrollar estrategias de flotación o desarrollar estrategias de comprensión. Las primeras son de corto plazo; las de comprensión incluyen las primeras pero en un contexto de reflexión teórica en el que las transformaciones se piensen como prácticas de producción con efectos sociales, políticos, económicos.