Universidad Maimónides: Escuela de Multimedia
15 Septiembre 2009

Desde las pinturas rupestres hasta el arte robótico y el bioarte

Por Joaquín Fargas

Es artista e ingeniero. Dirije el “Centro de Arte, Ciencia y Tecnología Exploratorio” de Buenos Aires. En la Universidad Maimónides es profesor titular de la cátedra de Arte y Tecnología y director artístico del “Laboratorio Argentino de Bioarte”

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El arte, la ciencia y la tecnología como una amalgama

En el seno de las culturas ancestrales existía sólo un vocablo para expresar los conceptos de tecnología, ciencia y arte. En nuestra lengua, arte proviene del latín “ars” y técnica del griego “tekne”; estas palabras aluden al “hacer”, a la práctica de realizar alguna tarea u objetivo. Contrariamente al pensamiento enciclopedista, preferimos una concepción integradora de la cultura, en la que el arte se mezcla e incorpora a la ciencia y a la tecnología.

Resulta interesante notar el modo en que a lo largo de la historia de la humanidad estas actividades se entrelazaron y evolucionaron en forma conjunta, en una suerte de efecto entre simbiótico y sinérgico. De hecho, toda profunda transformación científia, tecnológica, social o política ha dejado su impronta en las prácticas artísticas, ya sea a partir de sus programas estéticos como en su propia materialidad.

Las innovaciones tecnológicas han sido una fuente inagotable de herramientas y argumentos para los artistas, e incluso, a lo largo de la Historia, el hombre ha utilizado todos los elementos disponibles para la creación de sus obras artísticas. Desde la Era erróneamente denominada “primitiva”, el hombre ha desarrollado tintas y pinturas con un grado de sofiticación que, aún hoy, asombra; como así también ha dejado su legado sobre piedra utilizando técnicas aerográfias similares a las que se emplean actualmente.

Aquello que hoy en día denominamos “arte” y que en épocas remotas se encontraba intrínsecamente ligado a la religión o la magia, se ha desarrollado a medida que el hombre fue dominando diversos materiales y profundizando en sus procesos de elaboración y manipulación. Asimismo, a medida que la ciencia fue evolucionando, el arte utilizó recursos como la física y la astronomía. De esta manera, prácticas científio-tecnológicas como el automatismo, la cibernética, la robótica y la genética se han incorporado al quehacer artístico, formando parte del ecléctico repertorio del arte contemporáneo.

Como vemos, el arte ha estado siempre asociado a la técnica y a la tecnología. Acudiendo a la historia del arte, es cierto que hacia mediados de los años sesenta del siglo XX, la desmaterialización del arte nos enfrenta con un tipo de práctica artística desprovista de toda herramienta tecnológica: el arte conceptual. Puramente reflxivo, pone el acento en la “idea” o “concepto” sin necesidad de una expresión material concreta. Sin embargo, incluso el arte conceptual, hace uso de la tecnología (la fotografía o el video, por ejemplo) para registrar sus acciones y performances, siendo ésta, en muchas oportunidades, la única fuente de documentación que nos permite acceder a la “obra” e, incluso, su único soporte.

En muchas oportunidades, la práctica artística requiere del desarrollo e investigación científia para poder plasmar cierto tipo de obras, que -sin este apoyo- permanecerían sólo en la imaginación y fantasía de los artistas. Esos desarrollos pueden o no tener aplicaciones prácticas concretas y convertirse en una tecnología pasible de ser utilizada en forma más amplia. La ciencia en estos casos se ve benefciada por la creatividad del arte, abriéndose nuevos caminos, tal vez menos evidentes, pero llevando la imaginación un paso más adelante.

El arte y las nuevas tecnologías

Las innovaciones en ciencia y tecnología son cada vez más vertiginosas, al punto de no darnos sufciente tiempo para incorporar todas sus novedades.

Siempre hubo y habrá una nueva tecnología útil y disponible para el arte, ya sea un nuevo soporte o una nueva interfaz, que pueda ser utilizada tanto para la materialización de la obra como para su recepción. Incluso, algunas de las categorías artísticas más difundidas actualmente, como el net.art; el videoarte; etc., han surgido como consecuencia de la aparición de una nueva tecnología. La revolución informática fue -y sigue siendo- la que acarreó mayores cambios y multiplicó las modalidades en los formatos artísticos de los últimos años. Apenas saliendo de la era del video como nueva tecnología, la informática ha brindado un sinnúmero de nuevas herramientas y posibilidades a los artistas visuales y sonoros. No obstante, hoy día, la biología molecular y la nanotecnología permiten trabajar a nivel atómico en un lienzo del tamaño de la milmillonésima parte del metro.

Quizás un poco “en defensa propia”, los seres humanos tendemos a pensar que la ciencia tiene un límite, que hemos llegado al fial del recorrido, pero la historia nos demuestra que siempre se abre un nuevo capítulo, que la ciencia fición vuelve, otra vez, a convertirse en realidad.

El arte multidisciplinario: el “atelier” en red

Muchas de las alternativas que ofrece el arte contemporáneo exigen el trabajo en equipo. Resulta imposible e inútil abarcar “todos” los conocimientos y prácticas para concretar la realización de determinadas obras. Es aquí donde la intervención de uno o varios especialistas se hace irremplazable. Llevar a la realidad este tipo de proyectos implica la sinergia de recursos humanos y tecnológicos que puedan concretar esa idea que el artista propone. En muchos casos, las herramientas existentes no bastan y es necesario imaginar e incluso generar nuevas tecnologías para encontrar posibles soluciones.

Arte robótico

Desde tiempos inmemoriales el hombre ha utilizado diversas formas de tecnología para elaborar sistemas dotados de movilidad. Con motivo de entretener y sorprender a la audiencia, tanto en la antigua Grecia y Roma como en Arabia y China se construyeron objetos que podían moverse por sí mismos.

Por su capacidad de operar libremente fueron denominados “autómatas”. Para alimentarse, estos objetos utilizaban como fuente principal de energía el agua, el viento, el vapor o la energía potencial almacenada en una cuerda o peso. Podemos considerar que estos autómatas son en muchos casos verdaderos robots analógicos, padres de la robótica digital de hoy en día.

Por otra parte, la robótica digital pone al alcance del arte un cúmulo de herramientas que permiten la creación de obras donde no sólo el entorno modifca la misma sino que el público puede interactuar a través de la acción de sensores y actuadores.

Bioarte

Así como la revolución digital modifió profundamente las costumbres y el medio en el que interactuamos, es indudable que estamos viviendo los albores de una nueva revolución: la genética. A diferencia de las otras revoluciones, la genética modifia la propia esencia de los organismos vivos, produciendo inexorablemente cambios en el propio ser humano.

Sin olvidar la dimensión ética que este procedimiento científio conlleva, la manipulación genética nos ofrece la posibilidad de esculpir la propia naturaleza orgánica, creando obras “vivientes”, modeladas según nuestro propio deseo.

En esta última década toma impulso en el campo artístico el bioarte, una práctica basada fundamentalmente en la modifiación genética y la creación de nuevos seres vivos. Podemos ensayar al menos dos maneras de clasifiar y entender al bioarte: un bioarte puro y un bioarte expandido.

La primera acepción refire a la obra basada en la biotecnología y realizada a través de la manipulación genética de un organismo vivo o del cultivo tisular (cultivo de tejidos). Un ejemplo lo constituyen las obras transgénicas en las que se ha modifiado el ADN de los organismos originarios para obtener así nuevos organismos genéticamente diferentes. Algunos de estos organismos ya no son considerados “vivos” sino “semivivos”, pues el sistema sobrevive gracias a la asistencia externa (humana y técnica) que se emplea en los laboratorios.

Nuestra segunda acepción toma un sentido más amplio, en la que pueden incluirse las obras que utilizan seres vivos en su realización, sin que se recurra estrictamente a prácticas relacionadas con la biotecnología. Esta acepción nos permite incluir muchas de las obras realizadas en las últimas décadas tales como el “Biotrón” o “Fitotrón” de Luis F. Benedit o las series de “Analogías” de Víctor Grippo, realizadas durante la década del setenta.

Como hemos visto, la interrelación entre arte, ciencia y tecnología data de largo tiempo atrás y se nos presenta como un escenario complejo y promisorio para las futuras generaciones de artistas. No obstante, en algunas ocasiones, pareciera ser la propia tecnología la que se convierte en “objeto artístico”.

Sucede que la aparición de un nuevo medio suele ser tan relevante que el sólo hecho de mostrarlo implica el impacto de lo inédito, creyendo que así funciona como obra. Este fenómeno nos impele a re-preguntarnos por el hecho artístico en así, ya que esta etapa inaugural o de “descubrimiento” de un nuevo medio debe conllevar una carga de sentido y poeticidad para que exista una “obra de arte”, que luego puede (o no) adquirir relevancia y trascendencia.

 

Este artículo fue publicado en el libro
Artmedia 10 años
Editorial Científica y Literaria de la Universidad Maimónides
1ra edición, septiembre 2009