Universidad Maimónides: Escuela de Multimedia
15 Septiembre, 2009

Desde el CD rom al diseño de nuevas universidades

Por María Ledesma

Es doctora en Diseño y Comunicación por la Universidad de Buenos Aires. En la Universidad Maimónides está encargada del Seminario de Investigación en la carrera de grado de la Escuela de Diseño y Comunicación Multimedial

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En 1994 participé de un Coloquio sobre la lectura en una conferencia titulada “Cómo leer a Shakespeare en CD rom” en la que hablaba de un nuevo lector, el lector de hipermedia, diferente a lo que llamaba “lector clásico”. En ese momento yo apostaba a un cambio en el que la linealidad del lenguaje verbal fuera reemplazada por lo simultáneo, lo cercano, lo yuxtapuesto. Sin embargo, no son aquellas ideas las que quiero recordar sino la conversación que siguió, más tarde en el pasillo. Dicho sea de paso, estoy convencida de que, en los eventos de ese tipo se aprende mucho más en los pasillos que en las salas de lectura donde la voz monótona de los expositores –a las que en los últimos años se han agregados sus ilegibles power points– y las toses de los asistentes suelen agotar la atención del más entusiasta. Así fue como en el pasillo, alguien –no guardo su nombre para otorgarle el crédito que merece- planteó la discusión acerca del nombre apropiado para esa combinación novedosa de texto, gráfio, arte, sonido animación y video. Él prefería el nombre de Multimedia. Parecía ser, me informó, que Tony Feldman había escrito ese mismo año su libro Mutimedia en el que la defiía como la reunión de esa gran multiplicidad en un único entorno digital de información.
Sin poder escapar de mi propia formación centrada en la palabra, inmediatamente me sentí atraída por la diferencia de nominación.

¿Hipermedia o multimedia?

Con el tiempo, la balanza se fue inclinando y aunque todavía es posible encontrar adictos a la precisión terminológica, el término multimedia desplazó radicalmente a aquel que yo había utilizado.

Sin embargo y a pesar de los esfuerzos de muchos que se internaron por el terreno de las delimitaciones y definiciones, durante mucho tiempo navegó en la ambigüedad. Usado como adjetivo, multimedia sirvió para caracterizar desde una experiencia hasta una empresa, desde una comunicación hasta las propias computadoras (¿o acaso fue hace tanto tiempo que en los comercios se nos vendían las computadoras multimediales?).

Desde 1994 hasta hoy han pasado quince años.

No son pocos pero más allá del envejecimiento natural no siento demasiada diferencia entre la que yo era entonces y la de ahora. Me parece que, en muchos aspectos, sigo teniendo las mismas costumbres y las mismas concepciones. En otros, en cambio, las modifiaciones son enormes: no me refiro solo a la colección de CD que ya no tengo necesidad de usar o las seis computadoras que he cambiado a lo largo de los años, sino a que he dejado de preocuparme por la muerte del libro o el almacenamiento de la información.

Quizás la lectura de los títulos de mis presentaciones, sea un buen indicador de ese corrimiento de preocupaciones que, en su prehistoria, se centraron en el análisis de los nuevos modos de lectura hasta llegar a la atención sobre los novedosos fenómenos sociales, sobre los nuevos modos de descentralización -del contenido y de los contactos- en el mundo digital que han surgido a partir de la era de la multimedia en Internet. De hecho, las mías no dejan de ser un muestrario de muchas de las preocupaciones de la época. Si pudiéramos recrear los temas de conversación en los pasillos de los congresos académicos de los últimos diez años iríamos desde los mencionados tópicos sobre el futuro del libro hasta el fenómeno de Facebook pasando por el copyleft o web2.0 o 3.0. En síntesis, desde los balbuceantes “te paso mi e-mail” de comienzos de los ‘90 hasta las invitaciones a compartir amigos en Facebook ha corrido mucha agua bajo el puente.

Puestos a pensar en los próximos diez años, las tendencias se diversifian tanto como los contactos en las redes.

Para poner un coto a esa diversifiación en los límites de esta página haré foco en un aspecto relevante relativo al desarrollo de la información multimedial en soporte digital tal como la estamos viviendo: ¿qué está pasando con el conocimiento? y, más cercanamente, ¿qué está pasando con el conocimiento a nivel de la enseñanza superior?

La respuesta en principio puede ser desalentadora: las instituciones educativas se mueven mucho más lentamente que los procesos sociales y la universidad no sólo no es una excepción. En el momento en que el acceso al conocimiento (tanto por la disponibilidad como por la accesibilidad) se modifica constantemente, es probable que los modelos educativos de las universidades pierdan vigencia. Los formatos propios de la academia están mutando y la pregunta es si esto llevará a una forma distinta de acreditación de los conocimientos.

Es sabido que la universidad ha tenido históricamente tres funciones centrales: producir conocimiento, transferirlo a la comunidad y otorgar títulos de grado. Sin embargo, en este momento de estas tres funciones la única que es privativa de la universidad es la tercera. En efecto, dado que la producción de conocimiento se ha descentralizado y por ende también su transferencia, sólo queda como espacio propio, la certificación habilitante para ejercer una profesión. Pero, a poco que miremos nuestra realidad cercana veremos que, por lo menos, para la certificación de competencias específicas referidas a la programación y al diseño, el rol de la universidad también flaquea. Miles de estudiantes pasan por sus aulas sin graduarse; otros tantos especialistas han desarrollado sus conocimientos por fuera de las estructuras institucionales. Cada vez más el modelo del maestro ignorante que en el siglo XVIII planteara el francés Jacotot y que, a fies del siglo XX, revitalizara Jacques Rancière está a la orden del día. En otras palabras, cada vez más el alumno puede aprender por sí solo sin necesidad de explicaciones que digieren y simplifican el saber.

Contenidos abiertos, contactos abiertos he acá el espacio que ocupamos. Los caminos que se abren son por lo menos dos: o seguir como hasta ahora “adaptando” y emparcando nuestras instituciones a la zaga de los modos en que se ofrece la información o damos vuelta la tortilla y aprovechamos la oportunidad histórica para ensayar otros modos, para reinventar otras universidades.

El espacio académico que ocupamos en la Universidad Maimónides y Artmedia permite caminar por ese segundo sendero.

 

Este artículo fue publicado en el libro
Artmedia 10 años
Editorial Científica y Literaria de la Universidad Maimónides
1ra edición, septiembre 2009