Universidad Maimónides: Escuela de Multimedia
1 febrero 2018

El mundo onírico de Le Corbusier, visto por Graciela Taquini

Por Daniel Lambré
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Graciela Taquini, docente de la carrera Tecnología Multimedial de la Universidad Maimónides, es la directora de “La obra secreta”, una película que tiene como escenario casi excluyente a la Casa Curutchet, la célebre obra diseñada por Le Corbusier en La Plata.

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En su primer film, la videoartista pone en foco la Casa Curutchet, única obra del suizo en América latina.

Le Corbusier camina sobre las copas de los árboles. Elio Montes (encarnado por Daniel Hendler) va y viene con una silueta de cartón del arquitecto suizo en la Casa Curutchet, de La Plata, declarada en 2016 Patrimonio de la Humanidad por Unesco. La casa exhibe en detalle su omnipresencia en “La obra secreta”, ópera prima de la videoartista Graciela Taquini, con producción de Gastón Duprat y Mariano Cohn, guión de Andrés Duprat y realización de Jerónimo Carranza.

El film es, en síntesis, la historia de un arquitecto fascinado con Le Corbusier al punto de convertirse en el guía turístico de la Casa Curutchet. Pero no es un loco solitario. El fantasma del urbanista y escultor nacido como Charles-Édouard Jeanneret-Gris, en 1887 en La Chaux-de-Fonds, Suiza, recorre la ciudad, reflexiona sobre ella y su entorno, al tiempo que su obra parece agigantarse cada vez que el guía recibe a un grupo y profundiza en el pensamiento de Le Corbusier, delante de los visitantes.

A los 75 años, Graciela Taquini decidió ponerse detrás de la cámara, no con pocos miedos. La une a Andrés Duprat, director del Museo Nacional de Bellas Artes y prolífico guionista, y a su hermano Gastón, cineasta y co-director de la multipremiada El ciudadano ilustre, una vieja amistad nacida a la luz del arte. Ambos le propusieron hacerse cargo del timón de La obra secreta, en reemplazo de Andrés Duprat. “No te preocupes, te vamos a blindar”, le dijo Gastón Duprat.

El primer paso fue trabajar el guión en profundidad. Y ahí es donde aparece la trayectoria de Taquini en su extensión. La película, que algunos consideran una docu-ficción, pero para la directora es una ficción cómica, tiene una bella fotografía, elementos oníricos y planos visuales y sonoros, que ponen de relieve una realidad paralela a la cotidiana.

La historia es así: un arquitecto joven (Daniel Hendler), harto de recibir sólo pedidos de refacciones de baños y otros trabajos menores, obsesionado con la obra de Le Corbusier, trabaja como guía en la Casa Curutchet, la única que el artista suizo dejó en América latina. Hay reflexiones sobre la dimensión de la obra del artista suizo, pero también otras lucubraciones sobre las decisiones que uno toma en la vida. En suma, qué es ser un perdedor o un tipo exitoso en el mundo actual.

“Hicimos un dream team en el que me tocó el papel de Agnès Varda (directora francesa), como me dice Gastón. Me gustó trabajar en el guión, porque el personaje Elio Montes (Hendler) era muy looser y me gustaba que fuera más querible, entrañable y lleno de contradicciones. Toda la parte esotérica fue idea del actor Daniel Hendler”, cuenta Graciela Taquini a Clarín en el emblemático Florida Garden, una tarde de verano y aguacero.

Gracias a la amistad que los une y a admiración mutua, Taquini también se decantó por un humor que sale del estándar del que define al trío integrado por Mariano Cohn, Gastón y Andrés Duprat. “Los admiro mucho, pero a veces son demasiado ácidos y provocadores. Siempre les hago la broma que en El hombre de al lado (2009), filmada en la Casa Curutchet, con la única que pude identificarme fue la mucama, porque todos los personajes eran asquerosos”, dice la flamante directora y se ríe.

Mientras Montes-Hendler abre cada día la Casa Curuchet al público, entre quienes se pueden ver cameos de Taquini, el dramaturgo Rafael Spregelburd y hasta el propio director del lugar, el fantasma de Le Corbusier -casi como en una hiperrealidad- aparece caminando por la ciudad. Dice Taquini: “Hubo que trabajar sus reflexiones a partir de los textos seleccionados por Andrés”.

La videoartista dice que el desafío le atrajo porque aprecia mucho “el choque entre lo utópico y la realidad actual. El Manifiesto (en Fundación PROA) fue la mejor obra que vi el año pasado, porque trabajaba este tema. Y además, respecto del mundo de Le Corbusier no se sabe bien si es onírico. Yo quería romper con el realismo. Toda la película rompe bastante con ese realismo”.

Claro que hay una parte documental que convierte a la película en una obra rica en complejidad desde la perspectiva artística. Están las fotos fijas que congelan los distintos espacios, las propias fotos de Le Corbusier, las diapositivas que el protagonista usa en las visitas guiadas donde se aprecia la arquitectura de su creador, además de todos los planos secuencias que agigantan un urbanismo en sintonía con la naturaleza. “Conjugamos muchas lenguas. Hay planos visuales y planos sonoros que se repiten como metáfora. Eso rompe con el espacio tradicional y crea un mundo onírico”.

Por qué Le Corbusier? El cine, por suerte, suele tomar a referentes del arte, de tanto en tanto. El film animado Loving Vincent abordó la biografía del pintor Vincent Van Gogh; Todo lo que veo es mío evoca el a Marcel Duchamp en Buenos Aires, y Vuelo nocturno cuenta la estadía de Antoine de Saint Exupéry en Entre Ríos. Era cuestión de tiempo que la única visita que Le Corbusier hizo a la Argentina, alumbrando una obra como la Casa Curutchet, que es la única en América latina, tuviera también su película.

“Trabajé mucho la idea de qué pasa con nuestros referentes. Hoy, personajes como Woody Allen, como antes Roman Polanski o Elia Kazan, tienen acusaciones graves que los dejan como cerdos. Pero la obra de un artista es muy personal. Hay gente que hizo cosas muy malas y dejó obra artística muy buena”, dice Taquini en una reflexión por lo menos polémica.

Según su criterio, “la obra se va desprendiendo del artista. Por eso, artistas cuya vida personal es cuestionable puede dejar una obra relevante. Le Corbusier dejó una obra magnífica siendo autodidacta y no habiendo ido a la universidad. También en vida fue acusado de colaboracionista”.

Para la directora, lo saliente del artista suizo es que no se trataba de un utópico puro. “El es capaz de valorar el caos del presente. Dice que la ciudad moderna puede ser un hermoso caos. No es un ratón que se queda atrapado. Eso llamó mucho mi atención”, subraya.

Pero hay también en La obra secreta una fábula sobre nuestra relación con los referentes. “Fue un desafío didáctico sin solemnidad. Revisando mi obra artística descubrí que siempre hice trabajos que tratan sobre personajes encerrados pugnando por salir. Curiosamente esta obra trata de esto”.

Graciela Taquini ha trabajo exhaustivamente sobre el eje modernidad-posmodernidad y la historiografía del arte. Concluye: “Le Corbusier tuvo una gran visión global, sobre todo para trazar ese vínculo entre arquitectura y naturaleza. Revaloriza el lugar del entorno y de los sitios de la ciudad. En eso, es único”.

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